Luis Enrique Gutiérrez OM. y Luis Alberto Arellano cavilaron la idea inicial de un modelo distinto al taller literario hasta entonces vigente en la ciudad. Eran los meses del verano del 2004. Hartos del tratamiento artístico y personal que recibían en la escuela de escritores ubicada en el rumbo del Barrio de San Sebastián y dispuestos a torcerle el buche al guajolote de lo malhecho, tramaron un proyecto pendular; es decir, concebido entre la racionalidad y el absurdo. Se trataba de convocar a escritores locales con experiencia en la coordinación de talleres, con la finalidad de construir una oferta de formación literaria integral que respondiese a las expectativas de muchas vocaciones potencialmente vivas en Querétaro. Sin embargo, es conocido el perfil apolíneo de los poetas cuyas frivolidades frente al espejo tornan casi imposible el trabajo colegiado. La intención de reunir a ciertos ejemplares de esa especie se antojaba francamente inviable.
La necesidad de un cómplice para esa jugada los convenció de invitarme. No me citaron en el consabido café del Fondo para el intercambio de chismes, y menos aún en un cubículo universitario, sino en una cantina histórica y filial. Sus intenciones eran claras, y sólo por enterarme de sus alcances decidí aceptar sin reticencias.
El proyecto consistía en formalizar un magno taller donde cupieran los géneros de rigor, a partir de la narrativa y la poesía, incluyendo la dramaturgia y la redacción. Sería una especie de academia libre cuyo currículum se armaría con las propuestas de talleres, seminarios y cursos temáticos y diversos para su desarrollo en el transcurso del año civil. Una pizca de orientación pedagógica le daría el sabor a ese caldo cuaresmeño que cada coordinador menearía con su habilidad más elocuente. Un plan general con sus propósitos explícitos, módulos temáticos, programas para cada curso, criterios de evaluación, reuniones académicas, en fin, una visión global de la promoción de las letras que incluiría la producción editorial, la difusión y la investigación. Estábamos abriendo las cepas del futuro Colegio de Querétaro, cuya necesidad social alcanza un sentido inobjetable. Nuestros vecinos llevan una ventaja considerable, argumentábamos pensando en Michoacán, en San Luis, cuyos gobiernos han impreso la relevancia de los colegios de sociales y humanidades para mirarse desde el interior de sus comisuras microhistóricas regionales.
Como no es cosa de esperar a que el gobierno en turno se le antoje una conmoción interna para descubrir la trascendencia de estudiarnos, de sabernos desde una perspectiva etnográfica, nos vemos a la de ya desde la aventura del Seminario de Creación Literaria. En las reuniones preliminares estuvieron presentes además de Luis Enrique, Luis Alberto y yo, Ignacio Padilla, Carla Patricia Quintanar, César Cano Basaldúa, Miguel Aguilar, Roberto Cuevas y José Manuel Velázquez. El documento formal de origen lo redacté pensando en la recuperación de las ideas más generas expuestas en el antro de la conspiración y con la perspectiva del crecimiento futuro. Las líneas generales se precisaron sobre la marcha y en el invierno de ese mismo año quedaron explícitas en la presentación formal que le hicimos al responsable del entonces Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, ahora convertido en Instituto. Manuel Naredo aceptó con entusiasmo el proyecto y le dio luz verde con un presupuesto escuálido, pero suficiente como para izar la bandera del grupo y gritar a los cuatro vientos: ¡otra ronda!
Luis Enrique se las vería con el taller de dramaturgia; Luis Alberto eligió la vía más fácil (o la más difícil, según se vea) con el grupo de los poetas avanzados; Carla Patricia y “Nacho” Padilla lidiarían mano a mano con la narrativa; César desarrollaría un curso temático, Miguel Aguilar tejería sobre una poética relevante, Roberto apoyaría con un taller de redacción, José Manuel y yo emprenderíamos la aventura con los principiantes. Durante el ciclo 2006 el grupo se enriqueció con la participación de Mariana Hartasánchez, quien ocupa el espacio para la dramaturgia, en ausencia de LEGOM. Sobre la marcha realizaríamos conferencias, presentaciones de escritores y obras, lecturas y en general eventos de difusión de la cultura literaria, procurando animar el itinerario de nuestros aspirantes y de la sociedad en general.
A estas alturas del trayecto, dos años después y en el tercer ciclo de operación, el Seminario empieza a tomar forma con la planeación y realización de acciones previstas desde el manifiesto de origen: un encuentro de poetas locales, la primera exposición de hemerografía literaria de Querétaro, la edición de cuadernos literarios con la inclusión de escritores alumnos, la apertura de un espacio para el Seminario en el suplemento semanal “Barroco”, la presencia de Eduardo Milán con el Seminario de poesía de la vanguardia hispanoamericana, entre otras acciones.
Desde la casona de Centro de Formación Artística y Cultural (CEFAC) de 16 de septiembre 97, el Seminario de Creación Literaria mantiene su oferta inicial hacia una población de 60 aspirantes aproximadamente que acuden a los cursos y talleres en proceso.
Arturo Santana
Febrero del 2007 |